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Ciencia ficción, Cine, Guionistas de Cine y TV, Libros.
Una muestra de la novela de Michael
Crichton, para descargar gratis de la
Biblioteca de Videastudio
El sol de la mañana estaba todavía muy cerca del horizonte; brillaba frío e ingrato, proyectando largas sombras sobre el suelo, cubierto de una delgada costra de nieve. Desde donde se hallaban, podían contemplar la calle de un extremo a otro, con sus edificios de madera, grises y maltratados por el tiempo; pero lo primero que advirtieron fue el silencio. Salvo por un airecillo que gemía levemente por las casas vacías, reinaba un silencio de muerte. Por todas partes se veían cadáveres, amontonados y tirados por el suelo en actitudes de paralizada sorpresa.
Pero no se oía sonido alguno…, ni el runruneo tranquilizador de un coche, ni el
ladrido de un perro, ni el llorar de un niño.
Silencio. Los dos hombres se miraron. Se daban cuenta, con dolorosa percepción, de lo mucho que había que aprender, que hacer. Aquel pueblo había sido herido por una catástrofe terrible, y ellos habían de descubrir todo lo que pudieran a su respecto. Pero prácticamente no contaban con ninguna pista, ningún punto de partida. En realidad, sólo sabían dos cosas.
Una, que al parecer la calamidad había empezado con el aterrizaje del «Scoop VII». Otra, que la muerte se había enseñoreado del pueblo con una rapidez pasmosa. Si era enfermedad traída por el satélite, no tenía parigual en toda la historia de la medicina.
Ambos permanecieron largo rato sin decir nada, mirando a su alrededor, notando el
tirón del aire en sus voluminosos trajes. Finalmente, Stone comentó:
—¿Por qué están todos fuera de casa, en la calle? Si fue una enfermedad que llegó
de noche, la mayoría tenían que estar en sus casas.
—No es esto solamente —añadió Burlón—, sino que la mayoría llevan pijama.
Anoche hizo bastante frío. Uno pensaría que habían de pararse, un momento para
ponerse una chaqueta, o un impermeable. Algo que mantuviese el calor.
—Quizá tuvieran mucha prisa.
—¿Para qué? —replicó Burlón.
—Para ver algo —aventuró Stone, con un desamparado levantamiento de hombros.
Burton se inclinó sobre el primer cadáver que hallaron a su paso.
—Es raro —dijo—. Fíjese en cómo se agarra el pecho este hombre. Son bastantes lo
que tienen ese mismo gesto.
Mirando los cadáveres, Stone vio que muchos se apretaban el pecho con las manos; unos teniéndolas abiertas, otros como queriendo clavarse las uñas.—No dan la impresión de haber sufrido —comentó—. Sus rostros tienen una
expresión pacífica.
—Como asombrados, en realidad —asintió Burlón—. Se diría que les abatieron de
repente, en mitad de un paso. Pero oprimiéndose el pecho con las manos.
—¿Cosa de la coronaria? —aventuró Stone.
—Lo dudo. Deberían hacer una mueca…, la coronaria es dolorosa. Lo mismo sucede
con una embolia pulmonar..
—Si el microbio actuó con suficiente rapidez, no habrán tenido tiempo.
—Acaso. Pero, no sé por qué, opino que esta gente expiró sin sufrir. Lo cual
significa que se llevaban las manos al pecho porque…
—No podían respirar —concluyó Stone.
Burton hizo un gesto de asentimiento.
—Es posible que estemos contemplando una serie de asfixias. Una asfixia rápida,
sin dolor, casi instantánea. Pero lo dudo. Si una persona no puede respirar, lo primero que hace es aflojarse la ropa, particularmente en el cuello y el pecho. Fíjese en aquel hombre de allá…, lleva corbata y no la ha tocado siquiera. Y aquella mujer con el cuello del vestido bien abotonado.
Burton recobraba paulatinamente la compostura, después de la primera impresión
sufrida al ver el pueblo. Y empezaba a pensar con claridad. Entonces se encaminaron hacia la furgoneta, parada en el centro de la calle, con los faros todavía despidiendo una luz débil. Stone metió la mano dentro del vehículo para apagarlos. Luego apartó el envarado cuerpo inclinado sobre el volante y leyó el nombre bordado en el bolsillo superior de la chaqueta esquimal.
«Shawn.»
El hombre sentado, muy tieso, en la trasera de la furgoneta era un soldado llamado
Crane. Ambos estaban agarrotados por el rigor mortis. Stone indicó con la cabeza
el equipo de la trasera de la furgoneta.
—¿Funcionará eso todavía?
—Yo creo que sí —dijo Burton.
—Entonces busquemos el satélite. Es nuestra primera tarea. Luego podremos
pensar en… —Aquí se interrumpió. Contemplaba la faz de Shawn, quien por lo visto se había caído sobre el volante en el momento de expirar y se había producido un
largo corte arqueado en la cara, rompiéndose el arco de la nariz y desgarrándose la
piel
—. No lo entiendo —dijo.
—¿Qué no entiende? —inquirió Burlón.
—Esa herida. Mírela bien.
—Muy limpia —dijo Burton—. Notablemente limpia en verdad. Prácticamente no ha
sangrado nada… —Y en esto se dio cuenta y quiso rascarse la cabeza, pasmado, pero el casco de plástico le detuvo la mano—. Un corte así —dijo— en la cara.
Capilares rotos, hueso roto, venas del cráneo desgarradas…, hubiera tenido que sangrar a mares.
—Sí —convino Stone—. Hubiera debido. Y mire los otros cadáveres. Hasta allí
donde los buitres han picoteado la carne: ninguno sangra.
Burton abrió mucho los ojos con asombro creciente. Ningún cadáver había perdido
ni una sola gota de sangre. El patólogo se preguntó cómo no lo había advertido
antes.
—Quizá el mecanismo de acción de esta enfermedad…
—Sí —dijo Stone—, pienso que quizá tenga usted razón. —Profirió un sonido gutural
y sacó a Shawn fuera de la furgoneta, trabajando denodadamente para deslizar el
cuerpo de detrás del volante—. Vayamos en busca del condenado satélite —dijo—.
Esto empieza a inquietarme de veras.
Trailer relacionado para descarga directa:
Tags: descarga, la amenaza de andrómeda, libro, michael crichton, trailer
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Esta entrada fue publicada el 17 01 2008 a la hora 5:07 am en la categoría Ciencia ficción, Cine, Guionistas de Cine y TV, Libros. Puede seguir cualquier respuesta a esta entrada a través del canal RSS 2.0 Puede dejar una respuesta , o hacer trackback desde su sitio.



















