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7 03 2008 Categorí­a: Cine.

Una alfombra manchada de sangre

La entrega de los oscars vs el ritmo televisivo“Es dolorosamente obvio que los Oscars necesitan lo que muchas estrellas de Hollywood entradas en edad ya hicieron: un estiramiento facial”, comenta ácidamente The Envelope, la referencia obligada para saber qué pasaba en la sala de espera de los premios Oscars, pero donde lo mejor que podía encontrarse por entonces era la nota sobre los perros de Paris Hilton, y había que ser un auténtico insider para entender que esto no era un error, sino la visión que tiene The Envelope no sólo sobre el cine sino también sobre el mundo real.

Para Patrick Goldstein, del staff de Los Angeles Times, las audiencias jóvenes no van a dejar de hacer lo que estén haciendo para ver la noche de los Oscars, y las mediciones de rating le dan la razón. Pero afirma saber la causa -es suicida un show de más de tres horas- y tiene la gran solución: darle un ritmo televisivo. Según el bueno de Patrick el mundo ha cambiado y la audiencia de hoy quiere una carrera de caballos, pero el show de los Oscars apenas es mala televisión.

¡Una carrera de caballos! Verlos correr sobre la alfombra roja, eso sí que sería divertido.

Tampoco le gusta el presentador Jon Stewart, y es una pena que no comente una de sus observaciones más brillantes:”Siempre que se ve en el cine un presidente negro o mujer, un asteroide está a punto de estallar contra el planeta”.

Luego sugiere, admitiendo que ocasionaría un terremoto en la Academia, que los premios técnicos - edición de sonido, mezcla de sonido, efectos especiales, maquillaje, vestuario- sean entregados por separado, y lo dice de una forma tan despectiva que es mejor citarlo: “nadie fuera de la academia quiere escuchar los discursos de agradecimiento de gente que nunca oyó nombrar”.

Algunos sí, Patrick. Algunos queremos saber quién cocinó la torta e incluso quién barre la alfombra mientras los demás toman vino.

Hay que imitar a los Grammys; se hace un paquete con las sobras y se juntan en una presentación especial el día anterior: “éstas son las clases de innovaciones que la academia necesita abrazar deseperadamente”. Es raro que no se le haya ocurrido, en esta misma línea, relegar al show previo los premios del cine extranjero, o mejor dicho, a los extranjeros. O quizás sí se le haya ocurrido. En todo caso no lo dice, y ya es un motivo para celebrar.

Después enumera unas cuantas ideas interesantes: que la cámara deje de estar fija toda la ceremonia y se meta en los pasillos para ver qué pasa, porque lo que más gusta a la audiencia televisiva es el backstage. Como hace la NBA, reporteando a los protagonistas en pleno juego y reproduciendo la entrevista minutos después. Cópienle un poquito a ESPN y Fox Sports, les aconseja. Y no conforme con la dura golpiza que acaba de propinarles, Patrick se adelanta a la mesa directiva y comienza a repartir palos sobre las cabezas de los altos responsables: “el equipo creativo de los Oscars ha estado aquí por mucho tiempo. Con el debido respeto, ya es hora de un poco de sangre nueva”.

Y con el debido respeto y ahora que los tiene tirados en el piso por efecto de la lluvia de palos decide practicar la cirugía por su propia cuenta con un cuchillito que clava donde más les dule: “Sé que la actitud de la Academia hacia el cambio es como la de Cuba, que pasa de Fidel a Raúl, pero es hora de que los Oscars ingresen al mundo real”.

O como la actitud de tu país, Patrick: que pasa de Irak a Irán, y que trae de regreso -no en cuerpo presente sino en espíritu de videoconferencia- a sus soldados para, en el como de la desvergüenza, hacerlos desfilar sobre la alfombra roja de la mano de Tom Hanks.

En algo estamos de acuerdo, sin embargo: la duración de la fiesta. Si los Oscars realmente van a significar algo para el mundo del cine, la ceremonia no puede durar tres horas, tiene que durar varios días. En ese caso dejaría de ser una ceremonia y se convertiría en un festival. Hay que sacar a los Oscars de la televisión. ¿Por qué someterse a sus reglas? Se limpiaría el aire que tanto han viciado aquellos que Patrick critica y aquellos de los cuales es parte. Podrían incluso los Oscars empezar a respirar un poco de democracia, un arte en el cual tu país, Patrick, parece haber perdido el rumbo.

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