5. 06 . 2009
Platón al poder
Hoy estamos prácticamente todos de acuerdo en que las democracias son, por lo general, mejores que las dictaduras. Ni siquiera es necesario pensar en una dictadura sangrienta como la última que tuvimos en Argentina; la supresión de los derechos fundamentales jamás puede ser algo bueno, aunque ello no significa necesariamente que las democracias garanticen estos derechos por sí solas.
Sin embargo, hay que desmistificar a las “democracias” actuales como si fueran la panacea ya que, en su mayoría, como algunos ya lo han advertido, no pasan de ser oligarquías disfrazadas. Es decir, el gobierno de unos pocos para otros pocos que a través de sus representantes no representan a nadie más que a ellos mismos. Para mantenerse en el poder, estos grupos, formados por clanes que pueden rastrearse hasta por lo menos dos siglos atrás en su origen, la cretinada política internacional se ha encargado de propagar dos conceptos falsos, absorbidos casi sin cuestionamiento por las masas:
1) Los pueblos tienen los gobiernos que se merecen.
2) La democracia es el sistema de gobierno más perfecto.
La falsedad de la primera afirmación es evidente y no necesita mayores comentarios, como no sea que ha sido inventada por un grupo que necesita justificar sus fechorías mientras roba los dineros, la felicidad y el futuro de los pueblos: hace más de veinte años que hablan del calentamiento global y hace más de veinte años que lo producen.
En cuanto a lo segundo, afirmar que la democracia es el sistema de gobierno más perfecto o, como suelen decir a menudo nuestros próceres, “un mal necesario”, la lógica utilizada no es mucho más inteligente que la de “el que no salta es un inglés, el que no salta es un holandés, etc.” en un partido de la selección de fútbol. Nadie duda de que una democracia es mejor que una dictadura, pero no deberíamos ser tan necios e ignorantes como para creer que los romanos inventaron todo lo que dejaron a medio hacer los griegos y que la evolución de las ideas sobre el estado haya muerto y no requiera tanta investigación como cualquier otra rama de la ciencia.
La anarquía, entendida idealmente como la ausencia de gobiernos en una sociedad donde cada uno se gobierna a sí mismo, es por razones obvias impracticable en un mundo como el nuestro pero, si duramos tanto, podría ser aplicable en unos pocos miles de años. Mientras tanto, deberíamos retornar a los orígenes y releer a Platón, especialmente La República, para tratar de entender por qué éste consideraba a la democracia un sistema de gobierno tan imperfecto como las tiranías, y proponía como deseable el gobierno de los mejores, lo que él llamó, en buen griego, aristocracia.
No es de extrañar por qué el signficado de aristocracia ha sido deformado y falseado a través del tiempo para hacernos creer que es algo malo. Se trata de la misma clase de manipulación retorcida de quienes afirman que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen.
Los pueblos no tienen, por lo general, los gobiernos que se merecen, y no será fácil negarle la razón a Platón, tan ignorado y ausente en nuestros días, cuando afirma que merecen el gobierno de los mejores. Que no son, por cierto, los que solemos ver por TV todos los días.
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Hoy estamos prácticamente todos de acuerdo en que las democracias son, por lo general, mejores que las dictaduras. Ni siquiera es necesario pensar en una dictadura sangrienta como la última que tuvimos en Argentina; la supresión de los derechos fundamentales jamás puede ser algo bueno, aunque ello no significa necesariamente que las democracias garanticen estos derechos por sí solas.
Sin embargo, hay que desmistificar a las “democracias” actuales como si fueran la panacea ya que, en su mayoría, como algunos ya lo han advertido, no pasan de ser oligarquías disfrazadas. Es decir, el gobierno de unos pocos para otros pocos que a través de sus representantes no representan a nadie más que a ellos mismos. Para mantenerse en el poder, estos grupos, formados por clanes que pueden rastrearse hasta por lo menos dos siglos atrás en su origen, la cretinada política internacional se ha encargado de propagar dos conceptos falsos, absorbidos casi sin cuestionamiento por las masas:
1) Los pueblos tienen los gobiernos que se merecen.
2) La democracia es el sistema de gobierno más perfecto.
La falsedad de la primera afirmación es evidente y no necesita mayores comentarios, como no sea que ha sido inventada por un grupo que necesita justificar sus fechorías mientras roba los dineros, la felicidad y el futuro de los pueblos: hace más de veinte años que hablan del calentamiento global y hace más de veinte años que lo producen.
En cuanto a lo segundo, afirmar que la democracia es el sistema de gobierno más perfecto o, como suelen decir a menudo nuestros próceres, “un mal necesario”, la lógica utilizada no es mucho más inteligente que la de “el que no salta es un inglés, el que no salta es un holandés, etc.” en un partido de la selección de fútbol. Nadie duda de que una democracia es mejor que una dictadura, pero no deberíamos ser tan necios e ignorantes como para creer que los romanos inventaron todo lo que dejaron a medio hacer los griegos y que la evolución de las ideas sobre el estado haya muerto y no requiera tanta investigación como cualquier otra rama de la ciencia.
La anarquía, entendida idealmente como la ausencia de gobiernos en una sociedad donde cada uno se gobierna a sí mismo, es por razones obvias impracticable en un mundo como el nuestro pero, si duramos tanto, podría ser aplicable en unos pocos miles de años. Mientras tanto, deberíamos retornar a los orígenes y releer a Platón, especialmente La República, para tratar de entender por qué éste consideraba a la democracia un sistema de gobierno tan imperfecto como las tiranías, y proponía como deseable el gobierno de los mejores, lo que él llamó, en buen griego, aristocracia.
No es de extrañar por qué el signficado de aristocracia ha sido deformado y falseado a través del tiempo para hacernos creer que es algo malo. Se trata de la misma clase de manipulación retorcida de quienes afirman que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen.
Los pueblos no tienen, por lo general, los gobiernos que se merecen, y no será fácil negarle la razón a Platón, tan ignorado y ausente en nuestros días, cuando afirma que merecen el gobierno de los mejores. Que no son, por cierto, los que solemos ver por TV todos los días.
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