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Argentina, campo, censura, Ciencia ficción, Comunicación y Lenguaje.
Esta nota, que no pretende ofender a nadie -en realidad sí, pero queda muy feo decirlo de sopetón, en la primera línea- podría empezar así:
“Nosotros, los salvajes oligarcas, reunidos en permanente mesa de enlace, siempre y cuando tengamos prensa, estamos todos indios”.
Esto de la internet es una porquería. Antes no hacía falta explicar las cosas porque las entendía todo el mundo. Ahora, hay que deslocalizar: “estar indio” o “ponerse indio” significa montar en cólera en el lenguaje local. Qué es un salvaje o un oligarca cualquiera lo sabe, si no vean el noticiero. Y que la internet es una porquería que no sirve para nada ya lo descubrió diez años antes que todos nosotros Adrián Suar, quien hace unas noches confesó, como invitado del programa Tiene La Palabra que transmite los viernes TN, que él no utiliza email. Sorprendió gratamente que un empresario exitoso no se ajuste al cliché de energúmeno drogado por la tecnología. Se podría pensar que prefiere la comunicación directa, se podría pensar que sigue siendo un tipo de barrio, se podría pensar que no usa email para ahorrar (lo más probable). Se puede pensar cualquier cosa mientras haya libertad para pensar.
Ahora bien, esto lo vimos por TN, canal del grupo Clarín, el grupo enfrentado con el gobierno por la ley de Radiodifusión de la dictadura que la presidenta Cristina Fernández quiere reemplazar por la nueva Ley de Medios Audiovisuales, retocada a las apuradas y cuyo borrador la Cámara de Diputados aprobó apenas los miembros de la “oposición” huyeron como ratas, sin discutir la ley que tanto odiaban, abriendo la sospecha de que no tenían nada para decir.
Después que la ley obtuvo media sanción, TN y el gobierno inciaron sendas campañas publicitarias en contra y a favor de la ley, respectivamente, destacándose ambas por ser muy cortitas. La de TN dice mas o menos esto: “Con la ley de medios del gobierno, muchos canales pueden desaparecer. TN es uno de ellos. Sí, TN puede desaparecer”. Por su parte la del gobierno dice más o menos esto: “¿Por qué son malos los monopolios? Porque el cable cuesta más de lo que debería”.
Ambos tienen razón. ¿Por qué tendría que desaparecer TN, si es un buen canal de televisión con buenos programas? ¿Sólo porque pertenece al grupo Clarín que, en efecto y tal como dice el gobierno, es un monopolio o, al menos, goza de una posición dominante? Nos gustaría seguir viendo TN y que el precio del cable sea justo. ¿No tiene una lógica muy simple? ¿No podrían legislar en ese sentido? ¿Es demasiado para ustedes, cabezahuecas trasnochados papanatas bribones?
El grupo Clarín, por su parte, sostiene que la nueva ley pone en riesgo la libertad de expresión, ya que el gobierno pretende quedarse con el monopolio de ellos (obviamente no se llaman a sí mismos ‘monopolio’ y si lo hacen es entre comillas). Aunque la estrategia del gobierno al señalar al grupo Clarín como un nido de conspiradores sea exagerada, y aunque el grupo Clarín exagera el síndrome persecutorio, el gobierno se encarga de ayudarlos en su cruzada: envió unos 200 inspectores de la AFIP a las empresas del grupo incluyendo el diario, el mismo día que Clarín publicó una denuncia que, quizás, al gobierno le puede haber molestado. Según publicó Clarín al día siguiente, “el operativo de ayer se realizó el mismo día que en la tapa de Clarín se había publicado que la ONCCA, el organismo de control del comercio agropecuario que supervisa Echegaray, había concedido un subsidio de 10 millones de pesos en un trámite irregular a una firma ganadera de Carlos Casares. A nadie se le pasó por alto ese dato. Ni siquiera a la televisión pública, que lo mencionó en el informativo de Canal 7. La única que pareció no enterarse de la noticia fue la agencia oficial Télam que no emitió un sólo cable en toda la jornada en referencia al episodio”.
Para ser más o menos objetivos, no podemos pasar por alto dos casos muy recientes de censura por parte del grupo Clarín a dos de sus periodistas. Curiosamente, ni el grupo hizo una autocrítica ni tampoco alzó su respetable voz la Sociedad Interamericana de Prensa, que no pierde oportunidad en señalar los riesgos que para la libertad de expresión supone la nueva ley en Argentina. (Anoten, todavía están a tiempo). Otras organizaciones de periodistas, con mucho menos poder económico, festejaron, aunque con reservas, el proyecto de la nueva ley, pero no tuvieron un monopolio mediático a favor que los difundiera.
Uno de los casos de censura, el más conocido, es el de Claudio Díaz -ex trabajador del grupo- a quien le cerraron el blog “Qué te pasa Clarín“, porque, supuestamente, usaba la palabra “Clarín” en su blog. Además del cierre del blog se le impuso una sanción económica diaria. Este periodista admite su militancia peronista, aunque sus detractores dicen que trabajó demasiados años para un grupo al que ahora critica y no es creíble. Como sea, la censura es censura. Pero la supuesta causa de baja del blog, esto es, usar el nombre de un instrumento musical, es cuando menos estúpida y no resiste el menor análisis jurídico, por más trucho que sea. Se entiende que el secreto de la causa se imponga por razones estratégicas legales. Por supuesto todos estamos en contra de la censura, pero ¿qué tal si usamos un poco la cabeza a la hora de dar explicaciones?
El otro caso de censura perpetrado por el grupo Clarín afectó al periodista de La Voz del Interior Enrique Lacolla, cuyas notas en ese -hasta entonces- prestigioso matutino crearon la ilusión en sus lectores de que existía la libertad de expresión, hasta que un buen día, en plena efervescencia agrícola, Lacolla no tuvo mejor idea que escribir sus reparos sobre “el campo”, eufemismo creado por cierta prensa para referirse a la patronal agropecuaria, en una nota donde con pasmosa lucidez habla de “la rebelión de un sector del campo contra el grueso de la sociedad”. Hasta ese momento, le perdonaron que en su columna no hablara demasiado mal de Evo Morales o de Hugo Chávez, pero había que poner bien en claro que nosotros, los esclavos de Monsanto, somos los amos. Así que a llorar al campito, eso de la libertad de expresión es para cuando nos conviene.
Algo bueno de la ley de medios es que sus autores se acordaron, vaya uno a saber por qué, de incluir a los pueblos originarios en la discusión. Un tanto extraño, cuando aliados del actual gobierno en Salta pasaron sus topadoras por encima de tierras habitadas por grupos originarios y los sacaron a patadas, porque era una hermosa tierra para arruinar sembrando soja. O cuando pesan gravísimas denuncias de mal trato a comunidades indígenas en el sur del país. Pero que se acordaran de ellos es algo bueno.
Ahora sí, ya podemos empezar de nuevo.
“Nosotros, los salvajes oligarcas, también llamados el campo, que decimos defender a los pequeños productores, y que nos llenamos de plata gracias a la rapidez con la que la soja transgénica puede ser cultivada desde que el entonces secretario de agricultura del reinado menemista Felipe Solá, ahora devenido en peronista disidente, -uno de los “opositores” que huyó del debate parlamentario, junto con Francisco de De Narváez, dueño de un medio, junto a Mauricio Macri, que desde el punto de vista de la hinchada de River es un héroe porque abandonó a Boca a su mala suerte para dedicarse a la política- , gracias a Felipe, decíamos, que autorizó la introducción de la soja transgénica resistente al glifosato en Argentina, allá por 1996, reunidos en permanente mesa de enlace o al costado de la ruta, siempre y cuando tengamos prensa, estamos todos indios”.
Veamos por qué.
Cuando a fines del siglo veinte la tecnología estuvo disponible y científicos de la UBA y el Conicet se tomaron la molestia de hacer un relevamiento genético para reemplazar nuestras caducas convicciones freudianas, el ADN nos jugó una mala pasada. Según los malditos científicos -por si alguien no lo advirtió, esta noticia proviene del diario Clarín, o sea que empiecen a llorar porque debe ser cierta-, las retorcidas hélices de la muestra revelaron que el cincuenta y seis por ciento de la población argentina es, genéticamente, indígena, independientemente de cuáles sean sus rasgos étnicos aparentes. ¿Nosotros? Pero si yo soy payo, blanquito, caucásico… Y bueno, qué le vamos a hacer. Sí, usted también, la pelirroja, no mire para otro lado y usted, el que parece nipón y usted y también usted. Qué calamidad, nosotros que jurábamos que en toda Sudamérica no había nada más europeo que un argentino. ¿Para eso matamos a los indios, carajo? ¿Para eso pusimos la foto del Juli, o sea el general Roca, gran matador de indios, en los billetes, y no la quitamos nunca, ni la sacaremos? Bueno, tómeselo con calma: la mala noticia podría haber sido peor, nos podrían haber dicho que éramos más negros que indios, pero a los negros sí, a esos los liquidamos a todos. Imagínense, si éstos hubieran sobrevivido, ahora seríamos como los uruguayos, educados y respetuosos, y tendríamos algo parecido al candombe y por qué no una pastera finlandesa para contaminar nuestros ríos, en cambio tenemos que conformarnos con las pasteras argentinas o el agua que envenenan los canadienses a los que regalamos el oro que nos queda, ellos sí que tienen suerte, los uruguayos. Pero como éramos indios y no lo sabíamos, y nos creíamos europeos, nos fuimos a llorar a París lo mucho que extrañábamos la tierra querida y allí la tortuga Manuelita puso un huevo: del huevo salió Gardel y de Gardel salió el tango. No por otra razón Gardel tiene esa triple nacionalidad franco-argentina-uruguaya. Misterio resuelto, dejen de jugar a los detectives. Y todo por culpa de los indios. O de Tinelli. O de cualquiera menos de nosotros, porque somos un 56% incompatibles con nosotros mismos.
Así las cosas, es comprensible que no podamos ponernos de acuerdo sobre algo tan básico como una ley de medios. Que no es tan importante, según la Iglesia, porque “más importante que la ley de medios es el hambre”. Es verdad, pero no tendrían que olvidar que algunos curas que consagraron su vida a combatir el hambre en nuestro país fueron asesinados porque no había libertad de expresión para denunciar esos crímenes.
Aclarado esto, políticos, periodistas y dueños de medios pueden seguir jugando sucio en vez de debatir, preocupándose por ver cómo suben o bajan en las encuestas para las próximas elecciones, o cómo tal titular en tal diario vende más o menos. Nosotros, ciudadanos comunes, o sea el público al cual pretende representar esa ley de medios, (¿porque pensaron en eso, no?) seguimos esperando que nos incluyan en algún artículo. No pediremos tanto como una participación en el organismo de control -si sus miembros deben ser mayoría opositora u oficialista es un problema de su falta de neuronas- sólo que incluyan una cláusula donde el público raso pueda quejarse cada vez que ustedes nos tomen el pelo. Porque después de todo, por si acaso lo olvidaron, los dueños de todas las leyes y de todos los medios somos nosotros, los ciudadanos.
Ah, y otra cosita…Que no nos vayamos a enterar que esa ley de medios la escribieron con Windows, porque ese sistema operativo no es libre, es de código cerrado, y como cualquier informático principiante podrá explicarles, un software de código cerrado es una amenaza para la seguridad nacional.
Era un chiste, pero no por eso menos cierto. Piénsenlo, cretinos.
Eso fue todo amigos!
Tags: boca, carlitos, clarin, codigo genetico, cristina, felipe, indios, ley de medios, linux, mauricio, originario, radiodifusion, river, soja transgenica, suar, tn, windows
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Esta entrada fue publicada el 21 09 2009 a la hora 11:59 pm en la categoría Argentina, campo, censura, Ciencia ficción, Comunicación y Lenguaje. Puede seguir cualquier respuesta a esta entrada a través del canal RSS 2.0 Puede dejar una respuesta , o hacer trackback desde su sitio.



















