Un interesante artículo de la BBC toma el pulso a una situación que pone a la recientemente aprobada Ley de Radiodifusión en su “correcta” perspectiva: no se trata de una discusión local, sino global:
“Varios gobiernos en el mundo acusan a los medios de comunicación de mentirosos. Los medios de información, por su parte, acusan a los gobiernos de censores. ¿Quién tiene la razón?”
Probablemente la razón la tienen Bertrand Russell, Jorge Luis Borges, Ignacio Ramonet y Ray Bradbury, cuando señalan al auténtico protagonista de la discusión, que en el “debate” actual brilla por su ausencia. Es decir nosotros, los ciudadanos, el público, el lector, el espectador, el que realmente es incapaz de entender por qué es incapaz de entender, y no puede entender qué le están vendiendo, cómo lo están manipulando ni por qué.
“¿Por qué hay esa proliferación gigantesca en nuestras sociedades de instituciones, grupos, asociaciones que critican a los medios?” se preguntaba el director de Le Monde Diplomatic Ignacio Ramonet, en 2004, mientras proponía crear un “quinto poder” que equilibrara la ausencia de un contrapeso para la prensa. “Porque estamos convencidos de que vivimos en un estado que podríamos llamar de inseguridad informativa. Ahora, cuando yo veo una información en televisión, antes de creerla, tengo que esperar un tiempo porque igualmente me viene la rectificación de la misma. Me hablan de destrucción de armas masiva y luego me dicen que no había; me hablan de relación entre Al Qaeda y Saddam Hussein y luego me dicen que no existió tal relación; el gobierno español de Aznar y la televisión española dijeron que la autora de los atentados del 11 de marzo era ETA, y luego resulta que no”.
Sin embargo, esto no es nuevo. Tan solo ha cambiado un poco, quizás, la tecnología.
Extraviado en un viejo cuento de Ray Bradbury, en lo que por entonces resultaba buena ciencia ficción sociológica, un personaje acumula diarios y solo los lee días, semanas o meses después. Interrogado sobre su extraña conducta, explica que no puede absorber el contenido de las noticias inmediatamente, que necesita tomarse un tiempo para pensar. Después de todo, eran personajes de Bradbury. Era un mundo de ciencia ficción. Era gente difícil de manipular.
Comentando una colección de ensayos que acababa de publicar el filósofo Bertrand Russell (Let the People Think) en 1951, Jorge Luis Borges no tuvo más remedio que dar a entender que incluso sus propios amigos eran bastante tontos: “Russell [...] propone que las escuelas primarias enseñen el arte de leer con incredulidad los periódicos. Entiendo que esta disciplina socrática no sería inútil. De las personas que conozco, muy pocas la deletrean siquiera. Se dejan embaucar por artificios tipográficos o sintácticos; piensan que un hecho ha acontecido porque está impreso en grandes letras negras; confunden la verdad con el cuerpo doce”.
Esta historia, como se ve, es mucho más vieja de lo que parece.
El juicio crítico del lector o espectador promedio no ha mejorado desde entonces. Seguramente ha empeorado. ¿Puede deberse esta falla , que beneficia tanto a la prensa manipuladora como a los gobiernos demagógicos, a un estado de estupidez innato en la raza humana o, tal como parecen señalar aquellas mentes lúcidas de la antigüedad, a un fracaso de la educación durante la niñez? Hace unos cincuenta años, la recién nacida ciencia de la Inteligencia Artificial encontró la respuesta.
Tags: gobiernos, medios, ningun espectador, radiodifusion
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Esta entrada fue publicada el 18 11 2009 a la hora 5:48 am en la categoría Argentina, censura, Comunicación y Lenguaje. Puede seguir cualquier respuesta a esta entrada a través del canal RSS 2.0 Puede dejar una respuesta , o hacer trackback desde su sitio.



















